El mercado semanal tenía colapsada una de las principales arterias de la ciudad. Decenas de coches avanzaban paulatinamente cerca de una multitud de puestos de fruta, dulces y embutidos, todos engalanados con vistosos toldos rojos y amarillos, y protegidos del viento por las casitas colindantes.
Alejados de aquella vorágine consumista, encontramos la verdadera Toulouse, más tranquila, bañada por las aguas del río Garona, que atraviesa con cauce autoritario la ciudad de punta a punta. Paseando por el casco antiguo descubrimos el porqué del apodo de "Ciudad Rosa": es el color dominante del lugar, plasmado en la fachada de los edificios tradicionales, hechos de ladrillos vistos. Entre este bosque de adobe rosado, alcanzamos a contemplar la catedral y el ayuntamiento, monumentos principales, así como la Basílica de San Sernín, un santuario que resalta por su precioso campanario.
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