PENSAMIENTOS EN VOZ ALTA

Minutos antes de la oscuridad

Tumbado en la cama, sigue avanzando un triste fin de semana. La ventana continúa abierta, intentando apaciguar el calor de la habitación e invitando a pasar a los últimos rayos de luz. Mantengo la cabeza entre algodones, anestesiada por la música de The Verve, con la mente reacia a pensar en algo que no sea ver la tarde morir.

Necesitado de magia, mis ojos encuentran poesía en el ocaso del día. Desde mi posición, veo la cortina de tela ocre balancearse con gracia, felicitándose por ser la única que permanece iluminada por el sol y avisando de la llegada de la noche. A su lado, el televisor ha comenzado a camuflarse bajo un manto de penumbra, al igual que la torre de discos. La radio, que parece poder escapar de tan sombrío espectáculo expulsando destellos de color verde mientras libera melodías, es la excepción: la mayoría de los objetos de mi alrededor se ocultan, como niños jugando a un escondite, minutos antes de la llegada de la oscuridad.




El sonido del agua caer.

El sonido del agua perdura en la memoria. Cierro los ojos y escucho el agua caer sobre mi cabeza, para luego discurrir por el cuerpo hasta llegar a la blanca superficie de la bañera. Es el momento de apagar todos los sentidos excepto el oído. Signo de pureza y tranquilidad, el agua calma mis preocupaciones, me aleja de la realidad.


Mi imaginación no tiene límites, y no necesito avión para ubicarme lejos de allí. El susurro del agua me acompaña a una calle oscura, solitaria, donde a través de las difuminadas farolas se puede observar la cortina de agua, una fuerte lluvia que empapa mi ropa. No me importa, quiero ser Gene Kelly por una noche, me apetece cantar bajo la lluvia, quiero moverme sin paraguas, chapotear por la calle. No llevo en mi mente ninguna preocupación, al contrario, llevo una inmensa alegría conmigo, desprendo una sonrisa de oreja a oreja. La importancia es el presente, abandonando por un rato el futuro incierto. La importancia ahora es percibir el agua caer.



El pozo de las ilusiones

Te asomas en él y no ves el final, la visión se pierde en la densa oscuridad del fondo. Si te asomas demasiado, se apodera de ti una angustiosa sensación de vértigo y vacío, y si conoces que la profundidad del viejo pozo no tiene límite, el miedo te vence.


El lugar es conocido por todo el mundo, recibe miles de visitas al día, miles de personas decepcionadas y tristes cargando cajas, mochilas, bolsas... que lanzan con rabia al interior del pozo. De vez en cuando, la demencia de alguno les supera y deciden arrojarse fruto de su desesperación. Es un sitio maldito.


Hasta ese pozo llego yo hoy, cargado con una bolsa de ilusiones, para tirarla a la opacidad del pozo, y regresar triste al día a día. A veces el deseo y la esperanza termina en frustración; es entonces cuando necesitas la fuerza para empezar de cero. Un famoso escritor y poeta escocés escribió una vez: “No juzgues cada día por lo que cosechas, sino por las semillas que siembres”.



Me dejo llevar

Soy una pequeña hoja de helecho deambulando por el estanque. Una ráfaga de viento terminó de separar el peciolo del tallo y me ha depositado sobre estas aguas cristalinas. Aunque todo el alrededor está saturado de plantas tropicales y subtropicales que desprenden ya hermosos colores, la luz del sol aún no alcanza a llegar a la ninfa, dulce y delicada, postrada sobre el bordillo del estanque, sosteniendo una ánfora de donde no para de manar agua.


Me dejo llevar por la corriente instaurada a raíz del ánfora, balanceándome hacia un lado y otro, navegando con gracia por el paraíso, buscando nuevas aventuras y compañeros de viaje que me enseñen sobre la vida. Me dejo llevar por la brisa de la mañana, libre e ilusionado surcando las aguas de una orilla a otra, feliz por estar en un lugar privilegiado.



Querida Luna

¿Has visto esta noche la luna? Son más de las 4 de la mañana y se presenta en el cielo radiante, acompañada siempre por un manto de estrellas, hinchada después de muchos días de enmascaro. Vigila permanentemente las calles de la ciudad, vacías desde hace un buen rato, donde las luces indecisas de los semáforos no encuentran su significado estando solas. En medio de aquel silencio, bajo la atenta presencia del astro, descanso mis fatigados pies en un banco de madera, situado en un coqueto parque, a la vera de varios naranjos.


Hechizado por el momento, mantengo la vista en alza. Empiezo a meditar como durante siglos la noche y su luna han inspirado a poetas, astrónomos, pintores, escritores... que han encontrado en ella refugio para dulces pensamientos y reflexiones. Pienso como, si hubiera nacido en otra época, no hubiera desentonado junto aquellos locos caballeros románticos, componiendo absurdos versos en la oscuridad, manifestando mi alborozo con cánticos y devoción. Bendita demencia.



Seis rosas amarillas

Aquel ramo de seis rosas amarillas las portaba en su mano derecha el chico espigado, canijo, de pelo engominado y mejillas reluciendo acné. Era la nota discordante en el interior de aquel autobús de línea, donde señoras cargaban bolsas llenas de alimentos procedentes del mercado y señores sostenían maletines y periódicos. Todos ellos en algún momento del trayecto lanzaron una mirada furtiva sobre las flores, causándoles diferentes sensaciones e interrogantes.


Aquel ramo de seis rosas amarillas era el resultado de un primer amor, el que nunca se olvida; simbolizaba el cariño despreocupado y loco que se padece en los años de juventud, cuando se comienza a percibir un novedoso hormigueo en el estómago, un vuelo constante de mariposas por la cabeza, y donde los rápidos latidos del corazón se imponen a cualquier lógica del cerebro. El regalo ayudaría a reflejar el sentir del chico y daría paso a años de felicidad. El próximo 31 de marzo se cumplirán 14 años de esto.



Mi pequeño Siro

Hoy el día es soleado. No puedo verlo pero si sentirlo, el calor que me llega cuando estoy en el exterior así me lo indica. Escucho algún que otro pájaro revoloteando cerca, el vecino dando golpes con el martillo, el agua brotar de la fuente del parque... todo mientras paseo felizmente por la terraza, tropezando con mis juguetes de plástico favoritos, mordisqueados una y otra vez hasta romperlos. Me gustan todos los juguetes que pitan, y también desordenar mi cama de trapos una y otra vez.



A primera hora de la mañana voy a la calle un rato. Suele ser bastante temprano, y a veces me cuesta porque soy muy dormilón. Pero una vez abajo, me lo paso genial, correteando por el césped, husmeando por los alrededores. De los nervios por la alegría se me escapa algún que otro mordisco, cosa que no suele gustar mucho a mi dueño. Seguramente luego, después de comer, salga con el de nuevo a pasear. Mientras, buscare las caricias de mi dueña, que debe andar cerca, y me tumbare un rato bajo este delicioso sol de enero.



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