Una chica de cabellos rubios está encolerizada. El rostro lo tiene encendido y los ojos fuera de sus órbitas. No para de gritarle multitud de improperios a un muchacho de piel negra en la parada del autobús, mientras este le ignora dándole la espalda y sonriendo. Los dos son guías turísticos de empresas rivales, elegantemente uniformados, que saben que adueñarse del territorio significa ganar más clientes, aunque para ello deban convertirse en depredadores y enseñar los dientes.
Y es que ese mediodía, bajando desde Trafalgar Square por la avenida Whitehall, hacerse notar era más importante que nunca, ya que eran miles los turistas que colapsaban las aceras de la capital inglesa. Echabas un vistazo al horizonte y la marabunta parecía no tener fin: cientos de ellos caminando con mapa en mano, otros cientos abarrotando comercios ubicados en los bajos de grandes y vetustos edificios blancos, y todos ellos transformados en gotas de color que conformaban una enorme ola sobre el pavimento que devoraba todo lo que encontraba a su paso.
Whitehall es la avenida de Londres con mayor concentración de instituciones administrativas y políticas inglesas de todo el país y, en aquel momento, la avenida con mayor concentración de gente por metro cuadrado. A mano derecha, sumergido en aquel océano de personas, el Ministerio de Defensa intentaba no perder protagonismo; en su fachada principal, bajo una torre y un reloj, dos guardias vestidos de rojo y montados a caballo custodiaban la entrada, cansados de ser el objetivo de los fashes fotográficos. Cerca de ellos, la estatua de Carlos I y una escultura rectangular con prendas de ropa sin dueño recordando a las mujeres fallecidas en la 2ª Guerra Mundial.
Que más daba todo aquello, llegué a pensar por un instante, agobiado por la situación. La importancia estaba en no extraviarse ni perder de vista a mis compañeros de viaje.
No hay comentarios:
Publicar un comentario