Es hora de marcharse de Murcia. Durante el día hemos visitado y almorzado en el casco antiguo, un espacio nada extenso, ideal para recorrerlo a pie; se encuentra cercado por avenidas comerciales de frenética actividad, de cuya repercusión no logran escapar la Catedral, plazas y vetustas edificaciones, que parecen rendirse pidiendo una tregua. Es esta, la Catedral de Santa María, el edificio más representativo de la ciudad, un templo que muestra diferentes estilos arquitectónicos, llamando la atención su ornamentada fachada y su alto campanario.
Mientras el coche avanza buscando salir del núcleo urbano, atravesamos un último lugar de interés, el conocido Puente Viejo. Mirando a través de la ventanilla, contemplo como esta pasarela de piedra del siglo XVIII une las dos orillas del río Segura, que arrastra en ese punto aguas algo rebeldes y sucias. De frente, al cruzar el puente, la capilla dedicada a la Virgen de los Peligros. Según cuenta la tradición, cuando se producían riadas en la zona, se arrojaba al río la corona de la Virgen, consiguiendo detener el ímpetu de la corriente.

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