El fuerte viento y el oleaje del invierno no impide que llegue hasta el final del embarcadero. No es un embarcadero débil de tablas viejas, es recio y ancho, de tablas gruesas y firmes, que se adentra tanto en el Atlántico que te crees estar navegando en aguas profundas.
Al darme la vuelta y contemplar la costa, observo todo lo que la visión se había perdido a mis espaldas. Albufeira esta preciosa de noche, multitud de casitas blancas apiñadas sobre la roca, con cientos de focos de luz que alcanzan a reflejarse en la orilla, una orilla ancha, de arena fina. Bajo aquel paisaje cargado de belleza y rodeado del sonido del agua, solo queda coger la cámara de fotos y mantener esa imagen para siempre.

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