No puedo consolarla. Nadie puede hacerlo. Su hijo yace muerto entre sus brazos y ella esta rota de dolor, desplomada en el centro de una gran sala vacía y oscura. Aunque las sombras se ciernen sobre ellos, permanecen tenuemente iluminados gracias a un orificio situado justo encima, en el techo; la poca luz que llega a la habitación les pertenece.
Me encuentro en el interior de La Nueva Guardia (en alemán Neue Wache) de Berlín, un monumento conmemorativo a las víctimas de las guerras y dictaduras. Su exterior recuerda el Partenón de Atenas, y dentro su silencio es abrumador, como si todo aquel que entrara intentara escuchar los sollozos de la escultura.

Hace más de 75 años que la tristeza anegó aquella zona, cuando el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán llegó al poder. No hace falta adentrase en La Nueva Guardia para empaparse de la tragedia; enfrente, cruzando la calle, está Bebelplatz, una plaza conocida por ser el lugar en el que se llevó a cabo la quema de libros por los nazis en 1933. Actualmente hay una losa de cristal situada en el suelo, a través de la cual se puede ver una estantería vacía y una placa con la siguiente cita: "Das war ein Vorspiel nur, dort wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen." (Eso sólo fue un preludio, ahí en donde se queman libros, se terminan quemando también personas.).

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