Viaje a Islandia. Verano 2009.



La iglesia de Vik, una edificación chiquita, de techo rojo picudo y que corona la colina más próxima a la costa, contempla con desidia desde su privilegiada posición este rincón del Atlántico, un rincón donde sus aguas se sienten guapas e importantes. Ellas son las encargadas de moldear los acantilados desnudos que escoltan la ciudad y de mimar con delicado oleaje las hermosas playas de arena negra.
Es verano en Vik y reina una asombrosa calma. Esta ciudad costera del sur de Islandia vive sumida en una falsa realidad, al margen del resto del planeta; desconocen el significado de sombrilla, hamaca o chiringuito, y sus habitantes pasean al atardecer sobre esa espectacular alfombra oscura sin necesidad de tener paseo marítimo.
Montículos de piedras de canto rodado se extiendían por toda la orilla, colocadas unas encima de otras de forma piramidal, y cuya finalidad se alejaba de mi conocimiento. Por un momento mi sentido de la vista se sintió engañado, y no pude evitar agacharme y hundir la mano en la arena, empezando a jugar entre mis dedos con esos granos negros tan extravagantes. Era real.
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