Desde la ventana del hotel llega el estruendo de los fuegos artificiales sobre el Puente de San Martín, iluminando la noche manchega y colocando la guinda a un pastel inolvidable. Ni Alicia en el país de las maravillas fue despedida así, llenando la oscuridad del cielo de color y reflejando esas ráfagas de luz en la frías aguas del Tajo. El descanso que tenía previsto hacer en la habitación se convierte gracias a la pirotecnia en fiesta improvisada.
El cansancio tenía su explicación: la tarde había transcurrido paseando por los alrededores de la ciudad, disfrutando de una de las mejores vistas panorámicas de España. En un mirador próximo al parador de Turismo, Toledo se mostraba a corazón abierto, desplegando su belleza, con edificaciones rústicas alzadas en roca, acompañadas en la altura por las cúpulas y torres de sinagogas, iglesias y palacios, todo ello rodeado por el caudaloso río. No puedes apartar la mirada de aquello, alimentando cada segundo el depósito de magia y romanticismo que a veces pensamos haber perdido con los años. Me encontraba inmerso en ese viaje que durante mucho tiempo anhelé y nunca tuve.

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