Entre los pasajes y calles de Chueca, y caminando bajo el arco iris, escritores, pintores, pensadores y, en general, artistas bohemios en peligro de extinción, encuentran cobijo en edificios necesitados de restauración. Este barrio madrileño mantiene en su avenida principal, la Calle de Hortaleza, pequeños comercios donde encontrar desde objetos y piezas de coleccionista perdidas en el tiempo a lo último en moda urbana.
Cruzando de puntillas la Gran Vía, atravesamos Calle de la Montera, una vía peatonal cargada de prostitutas en sus portales, salones de juego variopintos y, para sorpresa de muchos, un enorme dibujo situado sobre la fachada de un bloque que manifiesta lo mágica que puede llegar a ser la pintura.
En poco tiempo llegamos a la Puerta del Sol, un espacio atestado de turistas que buscan su foto con el reloj, con la estatua de bronce de Felipe II o con el oso y el madroño, todo bajo la atenta mirada de rateros que esperan un descuido para llevarse lo ajeno y disiparse en la multitud. Desde allí alcanzamos Calle del Arenal, donde al fondo se puede ver el Teatro Real, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, acompañado siempre de la Plaza de Oriente y la fachada norte del Palacio Real, volviendo a recordar que capital de España solo hay una.
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