En la lejanía, el volcán Hekla seguía en hibernación, cubriendo su cima una blanca capa de nieve. Una vez pasada Rangarbakki, una bella aldea acompañada por el ancho cauce de un río, la carretera se perdía en el horizonte. Una infinita recta de asfalto dividía la llanura en dos, dejando a mano derecha la salvaje costa islandesa, y a mano izquierda preciosos acantilados verdes, muy escarpados, donde no paraba de brotar agua procedente de los glaciares del interior. Todo parecía sacado de un mundo de fantasía, un mundo donde la naturaleza aún dominaba al hombre y moldeaba el paisaje a su antojo.
Durante unos 15 minutos, el trayecto por aquella carretera nos ofreció toda una colección de cascadas y paisajes de ensueño. Viendo algunas cabañas repartidas por la zona, intenté imaginar como sería la vida de sus habitantes allí, desconectados de la realidad, en una tierra casi virgen, llena de riqueza, con la única preocupación de cuidar del ganado y la cosecha y de mantener la chimenea caliente. Posiblemente, aquel lugar tan apartado de todo haya sido el lugar más cercano a mi ideal de existencia.
Durante unos 15 minutos, el trayecto por aquella carretera nos ofreció toda una colección de cascadas y paisajes de ensueño. Viendo algunas cabañas repartidas por la zona, intenté imaginar como sería la vida de sus habitantes allí, desconectados de la realidad, en una tierra casi virgen, llena de riqueza, con la única preocupación de cuidar del ganado y la cosecha y de mantener la chimenea caliente. Posiblemente, aquel lugar tan apartado de todo haya sido el lugar más cercano a mi ideal de existencia.
La región aún nos tenía preparada la mayor de las sorpresas. Escondida entre unas laderas se encontraba la más hermosa de las cascadas, Skógafoss, donde el agua caía desde 60 metros de altura con una fuerza e intensidad impresionante.
No podía irme de allí sin bajarme del vehículo y acercarme a ella. A escasos 15 metros, el estruendo del agua helada golpeando el suelo era ensordecedor, y rápidamente mi ropa se humedeció debido a la cantidad de rocío que se generaba. Me sentía insignificante a su lado.
Según cuenta una leyenda, el primer vikingo que llegó a esta zona de Islandia, Þrasi Þórólfsson, escondió su tesoro en una cueva situada detrás de la catarata. Mucho valor tendría que tener su fortuna para enfrentarse con un agua tan violenta.Más info: Skógafoss, Cascadas de Islandia
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