Me despido en ingles del camarero después de haber pagado la comida en libras, y saliendo por la puerta principal del establecimiento, regreso a la pequeña plaza de adoquines grises donde una cabina de teléfono de color roja se sitúa en un extremo.
Parece, pero no lo es. No estoy en las islas británicas. Eso me lo recuerda el sol del sur, que golpea con fuerza al mediodía, y la estatua de un soldado, que equipado con arcaica vestimenta, mantiene el brazo izquierdo alzado para apartar la luz de sus ojos y poder así vigilar el peñón.
El soldado es sólo un símbolo más del carácter luchador y patriótico de la población. Bajo el lema Nulli Expugnabilis Hosti (‘Ningún Enemigo Nos Expulsará’), el pueblo de Gibraltar es desde hace décadas objeto de controversia en las relaciones hispano-británicas. En 1713, por el Tratado de Utrecht, España cedió a perpetuidad el peñón a Gran Bretaña sin jurisdicción alguna, estableciendo, no obstante, una cláusula por la cual si el territorio dejaba de ser británico, tendría la opción de recuperarlo. Numerosos han sido los intentos desde entonces de los españoles por recuperar Gibraltar, y todos ellos infructuosos; actualmente sigue siendo territorio dependiente del Reino Unido, con el estatus de Territorio Británico de Ultramar, y con amplias capacidades de autogobierno.
Los años de confrontación parecen cosa del pasado mientras caminas por Main St, una alargada y estrecha vía peatonal siempre concurrida, donde los turistas aprovechan las gangas de pequeños comercios de ropa, electrónica, alimentación y alcohol, la mayoría regentados por asiáticos. En un territorio tan limitado como el de Gibraltar, la fuente de ingresos principal es fundamentalmente el sector terciario y de servicios.
Por si acaso, el soldado de arcaica vestimenta no apartará la vista del peñón.

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