La ofrenda para la Virgen de la Fuencisla, patrona de la ciudad, estaba preparada. Un grupo de señores, encabezados por un orondo cocinero de delantal y gorro blanco, acababan de salir del Mesón de Cándido a paso acelerado, llevando en una enorme bandeja un cochinillo asado con abundante guarnición. Era mediodía, y trasladar ese manjar por la plaza del Azoguejo empezó a crear mucha expectación, incluso más que para ver el propio acueducto. Luciendo piel doradita, ese desafortunado animal es el eje fundamental de la cocina segoviana y el plato que le ha dado gloria a ésta. El aroma que desprendía a su paso nos dejaba a todos los viandantes embaucados, haciéndonos la boca agua. Ver como se perdía entre callejones en manos de extraños nos ponía tristes.
¡Vaya hambre que me entró! Si la loba capitolina fuera de carne y hueso, le hubiera hincado el diente. Su escultura estaba situada muy cerca nuestra. Fue un obsequio que Roma entregó a la ciudad en 1974, copia de la escultura Luperca que se conserva en el Museo Capitolino.

¿Cuantos cochinillos habrá visto el acueducto pasar por su vera? Un pequeño escenario de madera se había colocado en la base del monumento romano, posiblemente desde donde horas antes se había cantado una Salve y bailado jotas castellanas. Ahora estaba vacío y algo sucio, y subido en él junto con mis compañeras de viaje, seguía sintiéndome igual de pequeñito pegado a esos sillares de granito. Que grande era aquel canal.
Segovia es el acueducto y el acueducto es Segovia. Es el símbolo distintivo de la ciudad y la obra de ingeniería civil romana más importante de España. Tiene una longitud de 818 metros, consta de más de 170 arcos y su parte más alta mide 29 metros, medida que alcanza desde el Azoguejo. Cuentan que surgió de la noche a la mañana; se desconoce la fecha de su construcción, aunque calculan que pudo llevarse a cabo sobre finales del siglo I. Una joya.

Más info: Acueducto de Segovia, Cochinillo de Segovia
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